En 1972, en un pueblo de Galicia cuya vía férrea

fue desmantelada por decreto, el tren que aún

cruza el valle cada noche no lleva pasajeros:

solo recoge cadáveres de hombres que murieron en

silencio. El sanador atormentado, con manos

manchadas de sangre antigua y un nombre olvidado,

trabaja de día como encargado de mantenimiento

en una central de energía térmica que alimenta

la nueva ciudad industrial. Su oficio no cura,

sino que reemplaza órganos humanos con piezas

metálicas robadas de los muertos del tren.

La orden viene de arriba: cada mes, uno de los

trabajadores debe casarse con una mujer elegida

por el comité local. Es una regla tácita, no

escrita, pero cumplida sin excepción desde 1965.

No hay protestas. Quien se niega desaparece. En

su caso, el comité elige a una joven de Bilbao,

hija de un ingeniero desaparecido durante una

huelga. Ella no lo mira. Solo trae una bolsa con

un ramo de azucenas secas, símbolo de honra

perdida.

La boda se celebra en una capilla improvisada

dentro de la planta, bajo luces fluorescentes.

Tras el acto, la novia se sienta en una silla de

metal frente al banco de pruebas donde él

inspecciona sus nuevos implantes. Ninguno de los

dos habla. El único sonido es el zumbido

constante de los generadores.

Esa noche, el tren llega tarde. Cuatro cuerpos.

Uno tiene el pecho abierto, el corazón extraído.

Al examinarlo, el sanador reconoce el diseño del

implante: es idéntico al que él usó en su propio

padre, muerto en 1958. Lo que no sabía es que el

corazón había sido extraído antes de la muerte.

Amanece. La novia ha desaparecido. Solo queda

una nota en papel de carbón: «No es tu culpa.

Pero ya no puedes fingir».

Él rompe el contrato de trabajo. Abandona la

central. Se dirige al último vagón del tren

nocturno, que ahora circula sin conductor, sin

destino, con puertas abiertas. Sube. Cierra las

compuertas. Pasa las horas escuchando los

latidos de los motores, los gritos de quienes

nunca llegaron a ser enterrados.

Al amanecer, el tren se detiene frente a una

estación abandonada. El sanador baja. No hay

nadie. Solo un cartel oxidado: «Villalba Límite

de Zona». Toma una hoja de plancha del suelo, la

dobla en forma de cruz, y la clava en el andén.

La central empieza a fallar. Las luces parpadean.

Y en el control remoto, el sistema envía una

señal automática: «Sustitución necesaria.

Iniciar proceso».

Pero esta vez, el sanador no responde.

La línea sigue viva. El tren no se mueve. Y en

la oscuridad, alguien —no sabe si hombre o

máquina— comienza a llorar.