En 1936, la red de ferrocarriles de Madrid

comienza a vibrar con frecuencias no registradas:

trenes llegan sin horarios, estaciones

desaparecen entre vapores plateados, y los

pasajeros olvidan sus nombres. El fenómeno se

extiende como una fiebre silenciosa desde la

central de energía subterránea de la Avenida de

la Constitución, donde un alquimista errante —

con capa de lana gris y bolsas de cristal hueco—

realiza un experimento prohibido: extraer el

tiempo de las horas muertas para forjar una

sustancia que detenga el colapso de la República.

La ley del “Tiempo Cíclico” prohíbe tocar el

reloj del mundo; violarla convierte el cuerpo en

material inestable. Él lo sabe, pero no puede

parar. Pasa días en la oscuridad bajo el suelo,

mezclando mercurio líquido con polvo de astros

caídos, mientras las señales de alarma del

sistema de contención explotan en silencio. La

ciudad empieza a recordar eventos que aún no han

ocurrido: niños lloran por bajas que no han sido

dadas, mujeres abrazan cadáveres que aún viven,

y el Teatro Real estrena una obra que no fue

escrita.

Cuando el último circuito de ressonancia falla,

el alquimista entra en el núcleo. Sus manos

tocan el corazón del dispositivo: un cristal que

late como un corazón humano. En ese instante, su

imagen se divide en tres reflejos: uno joven,

uno viejo, uno muerto. Se desvanece sin ruido.

Al día siguiente, nadie recuerda su nombre. Pero

en cada esquina de Madrid, aparecen cartas

firmadas con tinta negra que sangra si se toca:

“No te confundas. Yo no fui quien se fue.” Los

trenes vuelven a funcionar. Las señales de

alarma se apagan. El tiempo regresa a su curso.

Pero en el metro de Atocha, un niño de ojos

claros encuentra un frasco con un líquido que no

tiene color. Lo mira. Y sonríe.