Madrid, 1936. El invierno aprieta con una
humedad que no deja secar ni los muros. La nueva
ley municipal exige que todos los difuntos sean
incinerados bajo tierra mediante el Molino de
Cenizas, un aparato hidráulico instalado en cada
barrio tras el cese de los funerales
tradicionales. Ya no hay tumbas, solo pozos
donde los cuerpos se disuelven en vapor y polvo.
La costumbre ha muerto, sustituida por el
control del Estado sobre lo que queda de los
muertos.
El niño, llamado Lolo, vive entre los botes de
aceite vacíos y los carteles de propaganda
clavados en paredes rotas. No tiene nombre
propio, solo el número de registro del
cuartelillo donde fue recogido. A su lado, el
cadáver de su hermano menor, hallado en el pozo
del Molino de Cenizas, con los ojos abiertos y
el pecho hundido como si hubiera intentado
gritar desde dentro. No fue un accidente. Fue un
error. Y los errores se castigan.
La Comisión de Vigilancia Social, formada por
agentes civiles armados con bastones de hierro y
órdenes escritas a mano, acusa al niño de haber
violado la Regla del Silencio Mortuorio: tocar
un cuerpo antes de su incineración. No hay
pruebas. Solo el hecho de que el hermano estaba
allí, vivo, cuando debía estar ya convertido. La
regla no está escrita, pero se sabe: si un
muerto no se desvanece en tiempo, el responsable
será juzgado como si aún estuviera vivo.
El juicio tiene lugar en una plaza abandonada,
bajo un cielo encapotado. Lolo no puede hablar.
No le permiten abrir la boca. Los jueces,
cubiertos con capuchas de lona, leen un informe
que dice que el niño "toca lo que no
debe". Sin
audiencia, sin testigos, sin derecho a
contradecir. Al terminar, uno de ellos levanta
un palo y golpea el suelo tres veces. El sonido
reverbera como el eco de un entierro.
Lolo es llevado al pozo del Molino. No hay
sangre. No hay gritos. Solo el crujido del metal
cuando el sistema activa el pistón. El niño
entra en la cámara de carga, los ojos fijos en
el techo de piedra. El aire huele a tierra
mojada y a yeso quemado. La máquina comienza a
girar. El pozo se cierra.
Al amanecer, el agua del pozo sube lentamente.
No hay cuerpo. No hay ceniza. Solo un trozo de
tela blanca, manchado de sangre, flotando en la
superficie. Un signo. Un mensaje.
El Molino sigue funcionando. La ciudad sigue
respirando. Y en cada barrio, otro niño
desaparece.


