En febrero de 1937, una mujer con uniforme de
miliciana sube al tren de La Coruña sin equipaje,
solo una maleta de cuero y una carta sellada. El
tren no tiene destino oficial: ha sido
reconvertido en transporte de refugiados
políticos, con vagones clausurados y ventanas
tapiadas. El ferrocarril ya no conecta ciudades,
sino zonas de control.
La línea ferroviaria ha cambiado su mecanismo:
antes era un eje de circulación nacional, ahora
funciona como red de aislamiento. Los trenes no
paran por voluntad de los viajeros, sino por
orden de comandantes. Un viaje puede durar
semanas si el conductor no recibe la señal
correcta desde la central.
Ella camina entre penumbras, descalza sobre el
suelo de madera agrietada, porque sus botas
fueron requisadas en la última parada. Su nombre
no importa; solo el número que lleva tatuado en
el antebrazo. La lista de pasajeros se actualiza
cada noche, y los nombres se borran con carbón.
A mediodía, en el vagón contiguo, una voz
conocida murmura algo. No es un diálogo, pero
ella se detiene. Reconoce el tono. Es la misma
voz que años atrás le prometió que nunca se
dejarían morir por las mismas razones.
La amiga de infancia, la que fue directora del
colegio socialista de Madrid, está allí. Pero ya
no lleva gafas ni coleta. Lleva un cinturón con
metralla y un sable corto colgado del hombro.
Tiene los ojos pintados de negro, como si ya no
supiera qué es el llanto.
Una carta se cae del bolsillo de su gabardina.
No está dirigida a nadie. Dice: “Si llegas vivo,
dile que no fue por odio”.
La mujer del uniforme no responde. Sabe que esta
conversación no puede tener lugar. Las reglas
del tren prohíben hablar entre presos de
distinto bando. El castigo: suspensión de
raciones durante tres días, luego transferencia
a un campo de trabajo forzado en Asturias.
Pero el tren se detiene sin aviso. El aire huele
a humedad y gasolina quemada. Las luces
parpadean. En ese instante, mientras el
maquinista desaparece tras el puesto de control,
la amiga se acerca. No dice nada. Solo abre la
mano. En ella, un anillo de plata con una
inscripción: “Por siempre”.
La primera vez que se lo dieron fue en 1925,
durante una fiesta de mayo en la plaza de la
Villa. Ya no existen esos días.
La mujer del uniforme lo toma. Lo aprieta hasta
que el metal se marca en su piel. Y entonces,
por primera vez en seis años, pronuncia una
palabra. No es un grito. No es una amenaza. Es
un susurro: “Lo sé”.
No hay confesión formal. No hay revelación
dramática. Solo el gesto de quien reconoce que
el pasado no se olvida, sino que se carga.
Cuando el tren arranca, el cuerpo de la amiga ya
no está en el vagón. Ha desaparecido. Solo queda
el anillo, y el olor a tierra mojada que se
quedó pegado al asiento.
El tren sigue avanzando. Sin mapa. Sin horario.
Hacia una frontera que ya no existe.
El mundo ha cambiado: ya no se puede decir “yo
te perdono” sin temer que alguien escuche. Y ya
no se puede guardar un secreto sin que el
silencio lo mate primero.
Este es el resultado: una mujer que camina sin
saber si es libre, con un anillo que no puede
devolver, y con la certeza de que la traición no
fue un acto, sino una ausencia.
Y el viento, que sopla desde el mar, sabe que no
hay paz. Solo memoria.


