El año 1942 se marca por el cierre del último
templo no certificado: las iglesias sin registro
en el Registro Nacional de Almas Mecánicas son
barridas por el Cuerpo de Vigilancia Técnica.
Solo los edificios con circuitos neuronales
integrados permanecen activos.
En el Convento de Santa Clara de la Línea, un
sacerdote de ojos azules y hábito parcialmente
reprogramado almacena un niño de seis años bajo
el nombre de "Protección S7". El niño
no tiene
registro digital; su biometría fue borrada
durante el traslado desde un centro de acogida
ilegal.
La nueva ley exige que todo menor nacido después
de 1935 deba pasar por el Escáner de Identidad
Total antes del primer cumpleaños. Aquellos sin
registro son declarados “desincorporados” —
suprimidos del sistema, eliminados como si nunca
hubieran existido.
El sacerdote, que once recibió una misión de
salvación espiritual, ahora vive en la
clandestinidad del código. Usa contraseñas
antiguas para acceder a servidores desactivados,
manipulando datos para mantener al niño
invisible. Cada noche, lo alimenta con raciones
de proteína sintética y le muestra imágenes de
un Madrid que no existe: calles sin semáforos,
torres sin sensores.
En diciembre, el Cuerpo de Vigilancia Técnica
inicia la red de escaneo masivo. El convento es
señalado por anomalías en el flujo energético.
Las cámaras de vigilancia internas detectan
movimiento en el sótano.
El sacerdote activa el protocolo de emergencia:
el niño es introducido en el núcleo principal de
la máquina de oración — un reactor de memoria
colectiva que almacena recuerdos de fieles
muertos. El niño entra en contacto directo con
los datos del sistema. Su cuerpo comienza a
emerger en el campo de visualización como una
imagen errante: niño, no registrable, pero
presente.
A las tres de la madrugada, el sistema da aviso:
“Identidad intrusiva detectada. Requiere
validación humana.”
El sacerdote, ante la cámara de control, ordena
la eliminación del archivo. No puede actuar por
sí mismo. El sistema no permite borrar sin
autorización de dos niveles.
Al amanecer, el niño desaparece del núcleo.
Aparece en el exterior, caminando hacia el patio,
con la piel brillando como cristal fundido. Un
guardia lo ve. Graba el momento.
El vídeo se envía al Centro de Control Nacional.
En menos de quince minutos, el convento es
bombardeado con drones de descarga eléctrica.
La estructura colapsa. El sacerdote muere
atrapado bajo el altar, el rostro contra una
pantalla que aún muestra el rostro del niño.
El niño no aparece en ninguna lista. No hay
datos. No hay huellas.
Solo queda una grabación en el sistema central,
fragmentaria: una voz infantil susurrando, en
español, desde el vacío:
“Yo era el que no debía ser.”
Y luego, silencio.
La red de almas mecánicas registra el evento
como error temporal. Nada más.


