En 1932, la iglesia de San Isidro del Campo

inicia su ritual anual de los muertos vivos:

cada 15 de agosto, el altar resucita a tres

almas sin pecado reconocido, elegidas por sorteo

entre los difuntos del año. Es un rito olvidado,

pero vigente desde la crisis del 98, cuando el

mundo empezó a temblar bajo el peso de lo que no

puede morir.

El sacerdote Jerónimo Márquez, joven y devoto,

asume el cargo tras la repentina desaparición de

su predecesor. A las tres semanas, descubre que

el ritual no es un acto de fe: es un mecanismo.

Cada alma resucitada pertenece a una línea

temporal distinta. No regresan como fantasmas.

Regresan como huéspedes de otro presente.

La primera prueba ocurre durante la misa de

santos. Un hombre de 1917 —un campesino de La

Mancha— camina hacia el altar con el rostro de

un soldado de 1936. Se niega a hablar. Al tocar

el crucifijo, el aire vibra. El templo se quema

en silencio. Cuando el fuego cesa, el hombre ha

desaparecido. Solo queda una carta escrita en

tinta negra: «No debieron abrir el portal».

Jerónimo investiga el libro de registros.

Encuentra más viajes: 1904, 1921, 1930. Todos

coinciden con momentos clave: huelgas,

asesinatos políticos, suicidios colectivos. Las

almas no son escogidas por pureza. Son enviadas

para corregir errores temporales. Y cada

corrección deja una grieta en el ahora.

El segundo golpe viene cuando un niño de 1937

aparece en la plaza, gritando que el gobierno

está en el mismo edificio donde estaba el

ayuntamiento de 1915. El niño dice que todo el

país ha cambiado de sitio. La policía localiza

al menor: desapareció en una protesta de 1935.

Pero el calendario oficial marca 1932. El niño

no puede estar aquí.

Jerónimo rompe el ritual. Apaga el altar. Cierra

las puertas. En la madrugada, el cielo se divide.

Desde el oeste, una luz plateada baja sobre la

ciudad. Los muros empiezan a flotar. Paredes se

reordenan. Las calles cambian de nombre. Madrid

no existe. Otra ciudad —una versión intermedia—

se asoma entre los espacios vacíos.

Al amanecer, el sacerdote encuentra el cuerpo de

su predecesor en el confesonario. No tiene

signos de violencia. Tiene el rostro de un

hombre que nunca existió. En la mano, una hoja

arrancada del libro sagrado: «Nadie puede

detener el retorno si el altar sigue vivo».

Jerónimo enciende el fuego. Quema el libro.

Arranca el altar. El mundo se estabiliza. Las

calles vuelven a ser las mismas. Pero nadie

recuerda haberlo visto. Nadie recuerda el niño.

Nadie recuerda el fuego.

Y él, solo, sabe que el viaje no terminó.

Porque el próximo ritual comienza dentro de diez

días. Y el altar ya está listo.