El viento en El Pueyo no sopla desde el norte,
sino desde dentro de las piedras. Desde 1898,
cuando los campanarios dejaron de tocar, el aire
ha tenido voz propia. Las casas de adobe guardan
ecos que no pertenecen a nadie, y los niños
nacen con ojos que miran hacia atrás antes de
aprender a ver adelante.
La costumbre no se escribe: se siente. Cada diez
años, el niño elegido desaparece sin huella. No
hay lamentos, ni búsqueda. Solo el vacío del
cajón de la escuela que nunca más se cierra.
Antonio, medio sensible, lo supo antes de
cumplir quince: no veía fantasmas, pero sentía
cuando el aire se tensaba, como si estuviera a
punto de gritar. A los treinta, ya no dudó: era
él quien debía hacerlo. Su hijo, Mateo, tenía
ocho años cuando el viento se paró un segundo en
mitad de la siesta.
Esa noche, el cerro de San Isidro emitió un
sonido bajo, como el canto de una bestia
atrapada. La familia no durmió. Al amanecer, el
niño estaba gone. Nadie lo vio salir.
Antonio subió al monte con una pala. Encontró el
hueco donde el suelo había sido excavado por
algo que no era humano. Dentro, una cruz de
hueso blanco, clavada en tierra que jamás había
crecido nada. Y sobre ella, grabado en letras
que no existían en ningún libro: No hay más
sacrificios.
El viento volvió a moverse. Pero esta vez, no
fue un susurro. Fue un nombre.
Y el pueblo, que nunca había hablado, empezó a
llorar.


