La plaza de San Francisco se congela bajo un sol

de junio sin sombra. En la fachada del antiguo

Ayuntamiento, un reloj de agua marca las horas

con gotas que nunca caen. El sistema ha cambiado:

desde 1931, los horarios públicos están

desincronizados por decreto. Cada mañana, los

ciudadanos salen a la calle sin saber si son las

ocho o las nueve. El tiempo ya no avanza; solo

espera.

El hombre de la chaqueta negra está de pie junto

al quiosco vacío. No habla. No mira. Solo

observa cómo la gente camina como si estuvieran

en trance, desplazándose entre el miedo y el

hábito. Su cuerpo es un reflejo del sistema:

inútil, necesario, invisible.

En el sótano de una clínica privada, una joven

de ojos hinchados descubre que lleva dentro algo

que no debería existir. Un bebé. Una prueba

positiva que no fue pedida. El doctor firma el

informe con tinta roja. La ley de 1934 prohíbe

cualquier registro de gestación fuera de

matrimonio o autorización judicial. El acto de

portar una vida sin permiso es considerado

traición a la moral nacional.

El guardaespaldas recibe el mensaje en una hoja

doblada con huellas de polvo. No necesita leerlo.

Sabe lo que significa. El sistema no tolera

errores. No tolera emociones. No tolera hijos

sin patrón.

Sale al patio trasero de la casa donde la mujer

estaba encerrada. Las paredes tienen grietas que

no existían ayer. Algo se ha movido bajo tierra.

Un corte en el suelo muestra restos de una fosa

clandestina. Aparece un niño de seis años,

desnudo, con los pies cubiertos de yeso. Está

vivo. No grita. No llora. Solo mira.

El sistema ordena la eliminación. El

guardaespaldas obedece. Pero antes de que el

golpe caiga, el niño dice: «Tú también eras así».

Una frase corta. Una sola palabra. Luego se

desvanece en el humo del amanecer.

El hombre regresa a la plaza. El reloj sigue sin

gotas. El sol no se mueve. Y él, por primera vez,

deja de estar presente.

La ciudad no sabe qué pasó. Ni siquiera sabe que

alguien desapareció. Solo queda el silencio. Y

el hecho de que, esa noche, todos los relojes de

la ciudad marcaban exactamente las once.