En 1932, las agujas del reloj de la Plaza de la
Catedral de Sevilla dejaron de moverse a
mediodía. No hubo ruido, ni tremor, ni anuncio.
Solo una pausa absoluta, como si el mundo entero
hubiera exhalado y olvidado seguir respirando.
La gente siguió caminando, hablando, comiendo.
Pero quienes miraban el reloj más de tres veces
perdían el ritmo. Sus pulmones se cargaban de
aire viejo. Sus ojos se volvían opacos, como
vidrios empañados por el tiempo que no corría ya.
El erudito, Antonio Vidal, profesor de historia
en la Universidad de Granada, había estado
estudiando las cartas de los republicanos
derrotados. Encontró un patrón: todos ellos
habían mirado fijamente el reloj del
Ayuntamiento antes de desaparecer. No fueron
asesinados. Desaparecieron. Como si el tiempo
los hubiera tragado en silencio.
Comenzó a registrar cada instante en que alguien
se detenía a mirar el cielo, el agua, el rostro
de otro. Anotaba fechas, nombres, ubicaciones.
Un sistema de vigilancia sin palabras, sin
policías. Solo el silencio del reloj parado y el
peso creciente en el pecho de quien lo observa
demasiado.
En julio de 1936, el primer caso confirmado
llegó desde Madrid. Una joven maestra, alumna de
Vidal, fue encontrada muerta en su habitación.
El cuerpo no tenía heridas. Pero sus dedos
estaban fríos como hielo de invierno. En la
mesita, una taza de té helado. Y encima, una
hoja con una frase escrita: "No se puede volver
atrás si el reloj no avanza."
Vidal intentó enviar el informe al Ministerio de
Educación. La carta nunca llegó. Apareció
quemada en el buzón del colegio, con la firma de
un funcionario que ya no trabajaba allí.
En octubre, el gobierno declaró oficialmente que
el reloj de Sevilla era "una metáfora del paso
del tiempo". Ningún otro reloj se detuvo. Nadie
más vio el fenómeno. Salvo los que lo buscaban.
Vidal empezó a toser sangre. Su piel se cubrió
de lunares oscuros, como manchas de tinta que no
se lavan. Cada noche, veía el reloj en sus
sueños: las agujas girando al revés, como si el
tiempo no se fuera, sino que retrocediera hasta
apagar el mundo.
En diciembre, el tren que salía de Córdoba hacia
Barcelona no llegó. El mapa del ferrocarril
mostraba la línea intacta, pero el tren había
desaparecido entre dos estaciones. Solo quedó un
pasajero en el andén: un hombre con el rostro de
cera, mirando al reloj del tablón de horarios.
Ya no tenía pulso.
Vidal entró en la biblioteca del Ayuntamiento.
Buscó el libro de los reglamentos antiguos.
Encontró la cláusula prohibida: "Ningún
ciudadano podrá mantener la memoria más allá del
presente. El tiempo es propiedad del Estado.
Quien lo detenga será absorbido por él."
La ley fue firmada por Primo de Rivera. No se
había aplicado. Hasta ahora.
Amaneció en 1937. Vidal estaba en la plaza de la
catedral. El reloj seguía parado. Pero él ya no
podía mirarlo. Su visión se había atrofiado.
Solo sentía el latido en la garganta, lento,
como si el corazón ya no tuviera prisa.
Cuando el sol alcanzó el meridiano, el reloj dio
un golpe seco. Las agujas se movieron. Una sola
vez.
Y el pueblo, al fin, recordó lo que había
olvidado.
Elegíaco. No por la muerte. Porque el mundo
había vuelto a correr. Y nadie sabía si había
sido tarde o temprano.


