La vía férrea entre Vigo y La Coruña se
convierte en un límite invisible. En 1936, el
ferrocarril nacionalizado por la Segunda
República no solo transporta mercancías, sino
que rige el flujo de identidades. Cada tren
lleva un registro de pasajeros con número de
ficha y condición política: "inofensivo",
"vigilado", "en proceso". El
sistema no permite
pasajes sin autorización previa.
En un vagón de tercera, un hombre con el rostro
marcado por el hambre y el polvo camina entre
los cuerpos. Líder revolucionario, ha escapado
de Bilbao tras la represión de octubre. Su
nombre no se dice. Solo el número de ficha: 742C.
No puede detenerse. No puede confiar.
A media jornada, un cambio en el clima. El aire
pesa. El tren se detiene sin anuncio. Fuera, la
lluvia ciega el cristal. Un silencio total.
Entonces, ella aparece. Mujer de pelo negro como
alquitrán, envuelta en una manta de lana ajena,
con una maleta sin etiqueta. Se sienta frente a
él. No hablan. Pero sus ojos se reconocen.
Encuentro fortuito.
Ella es quien lo había visto en el mitin de
Oviedo. Quien le escribió cartas bajo el nombre
de “Luz”. Quien le dijo que el amor era una
rebelión. Él nunca respondió. Ahora, no puede
mirarla sin sentir el peso del tiempo. Pasión
tormentosa: no como deseo, sino como amenaza.
Porque si el Estado descubre que dos fichas de
riesgo están juntas, ambos serán desaparecidos.
El tren no arranca. A las tres de la madrugada,
llegan agentes. Portan fusiles sin insignias.
Abren los compartimentos uno a uno. Buscan
"movimientos sospechosos". No preguntan. No
necesitan. Los números basta.
Cuando tocan el vagón, el hombre se levanta.
Ella no se mueve. Él la empuja hacia el fondo.
La puerta se cierra. La luz del pasillo se apaga.
Dos minutos después, el tren avanza. El número
742C está solo. Ella no está en el listado.
Al amanecer, el tren entra en La Coruña. Las
vías están vacías. El horario ha sido modificado.
Ya no hay estaciones. Solo puntos de control. Y
allí, donde antes estaba el andén, ahora hay una
zanja con cadáveres. Todos con ficha, todos sin
nombre.
Él camina hacia el mar. Sabe que el Sistema no
perdona errores. Ni siquiera los de pasión. Lo
que fue un encuentro fortuito ya no existe. Solo
queda el recuerdo de que alguien lo vio, y lo
amó, y desapareció.
El mundo no cambia. Pero sí se redefine. Ahora,
cada paso cuenta. Y cada mirada, una sentencia.


