En octubre de 1936, el ferrocarril de La Roca

deja de funcionar. No por explosión ni huelga,

sino porque los relojes de todos los vagones se

detienen al mismo instante. Desde entonces, cada

viaje termina sin llegar: pasajeros desaparecen

entre las estaciones, y el mapa del tren se

desdibuja. Lo que era una línea de transporte se

convierte en un limbo donde el tiempo no fluye,

solo se acumula.

La justicia, en pleno colapso republicano, lo

reclama como responsable. No por acto alguno,

sino por haber sido visto por última vez en el

último convoy con destino a Madrid. Su nombre,

escrito en un registro de pasajeros borrado, lo

convierte en preso de una ley que ya no existe.

Lo encierran en una celda sin puerta, dentro de

una estación abandonada. No hay guardias, ni

jueces. Solo un calendario que retrocede cinco

días cada noche. Cada amanecer, recuerda más. Y

cada anochecer, olvida algo más.

El sistema no permite defensa. La prueba es su

propia identidad: si no puede probar que existió

en un momento real, no puede ser juzgado. Pero

el sacrificio no es el silencio. Es recordar sin

poder hablar. A través de sus gestos, sus rasgos,

el frío de sus manos, se reconoce a sí mismo

cuando el tren sigue parado en el mismo punto.

A mediados de noviembre, el último tren vuelve a

moverse. No hay pasajeros. Solo él, sentado en

el mismo asiento donde fue detenido. Los relojes

vuelven a marcar el tiempo. El calendario se

detiene.

Cuando el tren entra en la estación de La Roca,

no hay nadie esperándolo. Pero en el andén vacío,

el aire vibra con el eco de una voz que no dice

nada. El hombre baja. Sus botas dejan huellas

que se borran antes de que toquen el suelo.

El juicio termina. El mundo sigue. Pero él no

está.