El viento arrastra polvo sobre los restos de una
aldea abandonada. El suelo crujiente bajo los
pies del forajido honrado no recuerda lluvia
desde 1932. El canal de irrigación que antes
alimentaba tres pueblos ahora es un lecho de
piedra helada, cubierto de grietas como venas
secas. En su bolsillo, un mapa dibujado a mano
marca un pozo secreto en el corazón del
Altiplano, donde su hermano, preso por un grupo
de guardias del agua, espera morir de sed.
La regla del agua está escrita en la piel: quien
toca un pozo sin permiso es ejecutado en el acto.
No hay ley civil. Solo el control del líquido.
Los hombres con rifles caminan entre las dunas
como sombras, protegiendo lo que queda. El
forajido ha visto cuerpos colgados de postes de
hierro, sus bocas abiertas en gesto silencioso,
sus ojos aún llenos de incredulidad.
En el tercer día, encuentra el pozo. Una boca de
piedra negra, cubierta de musgo gris. Cerca, un
cadáver desnudo, los dedos clavados en el suelo,
como si hubiera intentado cavar hasta el agua.
No hay cuerdas. No hay pistola. Solo una huella
de pies descalzos que lleva hacia dentro.
El forajido baja al pozo con una botella vacía.
El agua llega a medio metro. El nivel ha bajado
seis metros desde el año anterior. Lo sabe
porque el cuerpo del guardia que custodiaba el
pozo está ahí abajo, flotando con la cabeza
hacia arriba, los ojos fijos en el techo.
No hay tiempo para dudar. Toma el agua, pero el
líquido huele a óxido. No puede beber. El veneno
está en el pozo: una sustancia química usada en
la guerra de 1936, filtrada por las capas
subterráneas. La gente que bebe esta agua
comienza a perder la memoria, luego la voz,
luego el pulso. Se apaga como una luz.
Regresa a la superficie. Su hermano está vivo,
pero no habla. Tiene los labios agrietados, los
ojos nublados. Le da la botella. El hermano mira
el agua, luego al hermano. No bebe. Cierra los
ojos. Sus manos tiemblan. Muerde el aire. No hay
palabras. Solo el sonido de un jadeo corto, como
si el alma se estuviera desprendiendo.
El forajido honrado saca su cuchillo. Corta el
cordón que ata a su hermano al poste. Luego lo
tira al pozo. No hay gritos. Solo el golpe sordo
cuando el cuerpo impacta contra el fondo. El
agua se agita un instante, luego se calma. Como
si el pozo lo hubiera tragado.
Se va. El viento levanta polvo sobre sus pasos.
No hay mapa. No hay destino. Solo el sol, que
quema más cada día. El mundo ya no tiene ríos.
Ya no tiene esperanza. Solo supervivencia. Y él
la ha elegido.


