Madrid se apaga bajo el primer racionamiento de
luz. Las luces de los faroles no se encienden
por la noche; solo los reflectores del cuartel
general iluminan las plazas vacías. El aire
huele a humo de carbón y tinta de periódicos
quemados.
Un hombre aparece en el muelle de Atocha con los
bolsillos llenos de papeles anudados con cordel.
No tiene identidad. Solo una etiqueta de hierro
colgando del cuello: HOMBRES. Lo entregan al
servicio de registro civil. Allí lo fichan como
“ausente” antes de que pueda hablar.
El detective cínico, llamado Valerio, está de
baja por la herida de un disparo en el hombro.
No puede ir al frente. Pero le asignan el caso:
diez hombres desaparecidos desde septiembre,
todos con el mismo símbolo grabado en las palmas
de las manos. Ninguno ha sido visto desde que
las autoridades represivas empezaron a registrar
las casas de los “sospechosos”.
El sistema ya no es legal. Es administrativo.
Los documentos son armas. Un certificado de
residencia puede borrar a un hombre del mapa.
Una firma en un formulario envía a otro al campo
de concentración sin juicio.
Valerio encuentra el primer cuerpo en el sótano
de una escuela cerrada. El cadáver lleva el
mismo collar. En el suelo, dibujado con tiza, un
mapa de Madrid con círculos sobre hospitales,
estaciones, y paradas de tranvía. Cada uno
marcado con un número. No hay nombres. Solo
números.
La regla que más duele: nadie puede reclamar a
un desaparecido si no presenta el documento de
defunción. Y el documento no existe hasta que el
muerto ha sido procesado.
El tercer día, el detective entra en el archivo
central. Encuentra un listado de 478 personas
registradas como “Hombres”, clasificadas por
edad, oficio, y lugar de residencia. Todos
fueron detenidos en menos de dos semanas. Todos
están “procesados”. Ninguno aparece en los
registros civiles.
En el fondo del archivador, una lista escrita a
mano: “No todos los que desaparecen son
traidores. Algunos solo saben demasiado.”
Valerio rompe el cristal del despacho del jefe
de seguridad. Tira los archivos al fuego. El
papel arde en llamas azules. En medio de las
cenizas, una sola hoja sobrevive: el contrato de
trabajo de un maestro de escuela que jamás fue
arrestado. Su nombre figura en la lista.
A la mañana siguiente, el edificio está vacío.
Nadie ha ido al trabajo. Las puertas están
selladas con cinta amarilla. El cartel dice:
“Cierre preventivo. Recuperación de datos.”
El detective cínico no regresa. Su coche aparece
junto al río Manzanares, con las llaves puestas
en el contacto y el motor encendido. La radio
suena, sintonizada en una emisora republicana.
Una voz anuncia el cese de todas las funciones
civiles en Madrid.
La ciudad respira con una nueva rutina. El
tiempo no corre. Corre en bucle.
Hombres desaparecen. Se convierten en números.
Y nadie pregunta por ellos.


