El 12 de julio de 1936, el tren de las siete de
la tarde llega con retraso a la estación de La
Coruña. Las puertas se abren sobre un silencio
roto solo por el crujido de las maderas del
andén. Una mujer baja, envuelta en un pañuelo
negro, lleva una maleta sin etiqueta y un
revólver bajo el chal. No se detiene. El
ferrocarril ya no es transporte: desde 1934, el
Estado ha nacionalizado las líneas y establecido
rutas exclusivas para oficiales y milicias. Solo
los documentos de "fidelidad política"
permiten
viajar entre provincias. Ella no tiene ninguno.
Cruza Galicia al oeste, siguiendo el trazado
abandonado del ferrocarril de Ourense. En cada
parada, el pueblo está más vacío. Los hombres
han desaparecido. Las mujeres, sentadas en los
umbrales, miran sin hablar. Un niño pide agua.
Ella le da el último sorbo de su cantimplora. A
cambio, él le entrega una foto: dos hombres con
uniformes distintos, sonriendo frente a una casa
en el puerto de Vigo. Uno de ellos tiene el
mismo tatuaje que ella lleva en la muñeca
izquierda.
En una estación subterránea de Pontevedra,
descubre el primer cartel oficial: “Viaje libre
sólo para ciudadanos de confianza”. Intenta
pasar. Un guardia le exige el documento. Ella lo
arroja al suelo. En ese momento, el túnel
tiembla. No es un tren. Es una explosión bajo el
riel. El techo se derrumba. Un grupo de obreros
armados aparece. No son milicianos. Son antiguos
trabajadores del ferrocarril, recluidos durante
la dictadura de Primo de Rivera. Han vuelto a la
red. Su regla: nadie entra ni sale sin pagar con
un nombre. Ella dice el suyo. Ellos responden
con un número: 837. El camino se abre.
Avanza hacia Madrid. El sistema ferroviario ya
no obedece a horarios. Las líneas cambian según
el control político. Al llegar a Aranjuez,
encuentra un tren en marcha, con vagones llenos
de cadáveres amontonados. Nadie los recoge. El
aire huele a humedad y cloro. El conductor, un
hombre con el brazo derecho ausente, le entrega
un billete. “No hay retorno”, dice. Ella asiente.
Sube. El tren no va a ninguna parte. Solo avanza
cuando el último pasajero muere.
Llega a Madrid el 15 de octubre. El palacio de
los Reyes está ocupado. Las puertas están
pintadas de blanco. Sobre el umbral, una
inscripción: “Aquí nació el nuevo orden”. Ella
camina hasta el patio interior. En el centro, un
monumento improvisado: una estatua de mármol
quebrado, con el rostro de un hombre que nunca
existió. Lo reconoce. Era su padre. Había sido
juzgado por traición en un juicio secreto. Murió
en la cárcel de Porlier. El régimen había
declarado que era un agitador comunista.
A media noche, accede al archivo central.
Encuentra los registros de los presos. Busca el
número 837. Está ahí. El nombre: “Ana María
Sánchez, hija de José Sánchez, ejecutado por
sedición”. Y debajo, el sello: “Transferido a
zona republicana — situación pendiente”. Ella lo
arranca. Se queda con el papel. Sale. El cielo
se divide en dos colores: el gris de la guerra,
y el negro de las llamas.
Regresa al tren. El último que parte de Madrid
hacia el sur. Sube. No hay destino. Solo el
ruido de las ruedas sobre el metal oxidado. El
tren no para. Avanza por un mapa que ya no
existe. Las señales han desaparecido. El paisaje
es un pantano de ruinas. En algún punto, el
coche se detiene. Ella baja. La luz del amanecer
ilumina el nombre escrito en el andén: Algeciras.
No hay estación. Solo una línea recta en el
desierto. Camina. No hay otra opción. No hay
salida. No hay retorno. El sol se alza. El aire
huele a pólvora y mar. El pañuelo negro ya no es
negro. Es ceniza.
La venganza no terminó.
Terminó el mundo.


