La prisión de Alcalá ya no es solo piedra y
alambradas: desde 1934, las autoridades han
instalado un sistema de clasificación por
"lealtad ideológica" que determina el
acceso a
comida, luz, y hasta el derecho a dormir bajo
techo. Las detenidas son etiquetadas como
"cargadas", "potenciales", o
"inocentes". Cada
noche, el guardia principal revisa los ficheros
con tinta roja y el sello de la Dirección
General de Prisiones.
En la celda 7, cuatro mujeres —una maestra de
pueblo, una costurera, una estudiante de
medicina, y una mujer de apellido olvidado—
comienzan a marcar las paredes con letras
invisibles: un código de puntos que sólo ellas
entienden. La regla implícita es clara: si
alguien habla, se pierde la ración del día. Si
se niega a escribir, se desvía hacia la celda de
"silencio total".
Un hombre entra sin identificación. Usa traje
civil, pero lleva el reloj de un oficial
republicano. No dice nada. Se queda quieto
durante tres días. Durante el cuarto, empieza a
moverse entre las celdas, acariciando las
paredes con los dedos, como si escuchara. El
tercer día, saca una llave de hierro forjado y
abre la puerta del sótano, donde están
encerrados los cadáveres de cinco mujeres que
murieron "por negarse a colaborar".
La maestra lo mira. Él no responde. Solo deja
caer un trozo de papel sobre el suelo. En él,
una frase escrita con tinta azul: “No vengan
conmigo. Vengan conmigo.”
A medianoche, el sistema eléctrico falla. Por
primera vez en años, todas las luces se apagan.
En el silencio, el hombre rompe el candado de la
celda 7. No hay disparos. No hay gritos. Las
mujeres salen, no corriendo, sino caminando con
paso lento, como si hubieran estado esperando
ese momento toda la vida.
Caminan hacia el patio central. Allí, entre los
árboles marchitos, aparece un tren sin número,
con vagones pintados de blanco y ventanas
tapadas con telas negras. El hombre sube primero.
Las mujeres lo siguen. Nadie pregunta adónde van.
Cuando el tren arranca, el cielo se ilumina con
fuego lejano. Alcalá arde. Una explosión en la
torre de vigilancia. Las alarmas no suenan. Las
sirenas no funcionan. Las mujeres se quedan
sentadas. Ninguna mira atrás.
Una de ellas, la costurera, hojea el libro de
recortes que ocultaba debajo del vestido. Tiene
fotos de niños, de ferias, de un jardín. Lo
cierra. Ya no lo necesita.
El tren desaparece en la línea del horizonte.
Y en la cárcel, las nuevas prisioneras ya
empiezan a escribir sus nombres en las paredes.
Con tinta roja.


