En 1932, la casa de la plaza de San Vicente en

Oviedo ya no tiene luz eléctrica. El último

fusil de su marido fue reclamado por la milicia

republicana; el segundo, por el Frente Popular.

Ella no pide justicia. Solo quiere que alguien

recuerde su nombre.

La crisis del 98 no fue solo un desastre militar.

Fue el colapso del orden divino. Desde entonces,

las almas no se van a Dios. Se quedan. Flotan en

los tejados, susurran bajo las piedras, piden

permiso para hablar. Las iglesias cerraron sus

puertas porque el sacerdote que intentó rezar

sobre un cadáver viviente salió con los ojos

negros y gritando en lengua desconocida.

Las mujeres empezaron a vender sus lágrimas. No

por dinero. Por poder. Cada gota derramada sobre

un papel marcado con símbolos de tinta roja

podía abrir una brecha entre el mundo de los

vivos y el de los ausentes. La ley decía que era

blasfemia. Pero nadie hacía cumplir la ley

cuando el frío se comía los tejados.

Ella fue la primera en comprar una lagrima ajena.

No para llorar. Para no sentir más. El hombre

que se la vendió tenía los dedos cubiertos de

cicatrices que parecían escritura. Le dijo que

la pena era el único idioma que aún entendía el

otro lado.

En diciembre, el cuerpo de su hijo apareció en

el río Nalón. No había sido enterrado. Su nombre

no estaba en ningún registro. La policía negó

que hubiera ocurrido. Ella sabía que no era

accidente. Era advertencia.

Fue entonces cuando entró en el mercado de la

memoria. Un sótano bajo la estación de

ferrocarril, sin señal de alumbrado, con filas

de cajas de madera que contenían cristales con

destellos internos. Allí, un hombre con un reloj

sin manecillas le ofreció un trato: una vida por

una promesa.

Ella asintió. Sin palabras. Firmó con sangre de

su dedo índice.

La magia oscura no se llama. No se invoca. Se

instala. Al día siguiente, nadie recordaba que

ella había tenido un hijo. Nadie recordaba que

su marido había sido soldado. Ni siquiera ella

misma. Pero algo dentro de su pecho seguía late

como si estuviera vivo.

Y cuando la Guardia Civil irrumpió en su casa

buscando pruebas de subversión, ella no tembló.

Miró a los hombres a los ojos y les dijo que

nunca habían estado allí. Y ellos creyeron.

Aún hoy, en los días de niebla, las personas que

pasan por la plaza de San Vicente dicen que ven

a una mujer parada bajo el arco, mirando hacia

el cielo. No dice nada. No llora. Solo está.

Y cuando la gente se acerca, susurran sin querer:

¿Quién eres?

Pero nadie escucha.

Porque el pacto no permite que nadie la recuerde.

Solo que ella exista.