En 1927, el viento sopla diferente por los

campos de Galicia: no arrastra hojas, sino

silencio. La familia del Río, custodia de las

antiguas lenguas de la tierra, ya no recita las

plegarias de primavera. El padre, con el rostro

cubierto de cicatrices de una noche de fuego,

entrega a su hija menor —Luz— un libro sin

páginas, y muere en el umbral de la casa sin

pronunciar palabra.

La ley de la Entreguerras no reconoce el antiguo

pacto: cada año, el Ayuntamiento de Pontevedra

exige una ofrenda de sangre pura para mantener

el equilibrio del campo. Si no se cumple, las

cosechas mueren. Desde el gobierno republicano,

se prohíbe hablar de brujería, pero nadie

menciona que el sistema sigue funcionando bajo

nuevas reglas.

Luz, doce años, aprende a escuchar los susurros

del arroyo. No canta como las demás ni va a misa.

Cuando el nuevo alcalde —un hombre con reloj de

bolsillo y gafas de hierro— anuncia que esta

temporada no habrá ofrendas, porque “la

modernidad no necesita ritos”, ella sabe que

algo está mal. Las raíces del trigo se retuercen

hacia abajo, como si quisieran huir.

El primer día de septiembre, el niño más pequeño

del pueblo desaparece. Alguien lo encontró

dentro de un estanque, con los ojos abiertos, el

pelo lleno de musgo. Nadie dice nada. Solo el

agua, que ahora huele a humedad quemada.

Luz toma el libro vacío y lo abre ante la fuente

sagrada. En su interior, aparecen letras que no

había visto antes: “No se puede negar lo que el

mundo ha olvidado.”

Ella invoca el nombre de su madre. No hay

respuesta. Pero el viento se detiene. Y entonces,

en el centro del pueblo, las campanas de la

iglesia de San Vicente empiezan a sonar sin que

nadie las toque.

La policía llega. Creen que es un acto de

sabotaje. Pero el alcalde, al ver el libro,

palidece. Lo recoge, lo quema en el patio

central. La llama no se extingue. Arde con color

azul.

Por primera vez desde 1898, alguien se atreve a

nombrar el pacto. Y cuando el cuerpo del niño

resurge —no muerto, sino dormido— el pueblo se

mira entre sí sin palabras.

Al amanecer, Luz desaparece. No hay huellas.

Solo un sabor metálico en el aire, y el eco de

una canción vieja que nadie recuerda cantar.

La tierra no se mueve. Pero el agua, sí. Ahora

fluye hacia arriba.