En los últimos días de otoño de 1937, entre los
pinares de la sierra de Guadarrama, una mujer
camina con una bolsa de cuero cosida a la
cintura. Lleva frascos de cristal ahumado,
raíces de azafrán silvestre y un espejo roto que
no refleja su cara. Es alquimista errante, y las
guardias civiles la buscan por haber sanado a
una niña con agua de luna —un rito prohibido
desde que el gobierno declaró la brujería como
conspiración contra la modernidad.
No habla. No necesita. En cada pueblo que cruza,
deja un frasco en la puerta de una viuda, un
pañuelo teñido con sangre de cardo en el umbral
de una madre que perdió a su hijo en el frente.
El último deseo no lo pide un vivo: lo grabó una
mujer muerta en el cementerio de Serranillos,
con los dedos engarrotados y la voz apagada por
la tuberculosis. «Que mi hija vuelva a recordar
cómo era su madre antes de que el miedo la
comiera.»
La alquimista sube al mirador de la ermita
abandonada, donde los pilares aún llevan las
runas de los antiguos molineros. Allí, bajo una
luna que no ilumina sino que observa, prepara la
pócima: raíz de espino negro, lágrimas de una
gallina que canta al amanecer, y una gota de su
propia memoria —la primera vez que vio a su
hermana reír, antes de que la llevaran por ser
lectora de libros prohibidos. El mundo cambió
cuando, en 1923, el gobierno de Primo de Rivera
selló los manuscritos de las curanderas. Desde
entonces, la magia no se hace con palabras, sino
con fragmentos de vida borrados. Cada hechizo es
un robo al tiempo propio.
Cuando la pócima hierve en el crisol de barro,
el espejo se agrieta por dentro. La hija, de
dieciséis años, duerme en la casa de abajo. Al
amanecer, abre los ojos y dice, sin saber por
qué: «Mamá me cantaba una canción de las
montañas». Llora sin saber por qué. La
alquimista ya no está. Solo queda un frasco
vacío sobre la mesa, y en el suelo, una trenza
de cabello cano, cortada con tijeras de costura.
La represión no se detiene. Dos días después,
las guardias encuentran la ermita. Encienden un
fuego en el patio, queman los libros que la
mujer guardaba bajo las losas. Nadie recuerda su
nombre. Pero en los pueblos, las madres empiezan
a cantar en voz baja. No es magia. Es memoria. Y
la magia, ahora, vive en lo que no se borra.
La alquimista no muere. Se pierde en la sierra,
con una bolsa más ligera, y una memoria menos.
No busca venganza. Ya la cumplió. Cada pócima
que hizo fue un clavo en el ataúd del olvido.


