En 1934, tras la desaparición de los maestros de
canto en la Sierra de Guadarrama, las aldeas
viven bajo un silencio forzado: las viejas
melodías que sostenían los cultivos, curaban la
fiebre y detenían las nevadas tempranas ya no se
cantan. La magia no se perdió: fue prohibida. La
ley de la República, en su afán de modernizar lo
ancestral, declaró los cantos de raíz popular
como superstición peligrosa. Quien los entone,
pierde la voz para siempre. Y quien los registre,
pierde la memoria.
María de los Ángeles, bibliotecaria del
Instituto de Folklore en Segovia, lleva diez
años recopilando fragmentos de esas canciones en
cuadernos escondidos bajo el falso forro de
libros de gramática. No es una folclorista: es
una erudita obsesiva que cree que la lengua
cantada es la verdadera gramática del mundo.
Cada noche, en su cuarto con persianas cerradas,
repite en voz baja los fragmentos que consiguió —
y cada vez, el aire se vuelve más pesado, como
si el viento recordara su propia forma.
Cuando el incendio arrasa la aldea de El Espinar,
matando a tres niños que murieron de frío en
mayo, María sabe que el silencio ha roto el
hechizo. Las canciones no se olvidan: se duermen.
Y cuando el hambre aprieta, el mundo las reclama.
Ella baja a la sierra con sus cuadernos,
disfrazada de maestra de escuela. En el pósito
abandonado, encuentra a una vieja que aún canta
en sus sueños. No habla. Solo canta. Y cada nota
hace crecer una flor de azafrán en la nieve.
La ley prohíbe cantar. Pero también prohíbe
guardar lo cantado. María viola ambas. Guarda la
canción de las brujas en su garganta, copiándola
desde el susurro de la vieja. Al tercer día, su
lengua se vuelve negra. Su voz se desgasta como
papel mojado. Sabe que si la canta en público,
morirá. Pero si no lo hace, el invierno volverá.
Y con él, la hambre.
En la plaza del pueblo, bajo un cielo que no ha
visto estrellas desde 1928, María sube al
púlpito vacío. No grita. No implora. Solo abre
la boca. Y canta. La canción de las brujas. La
primera vez que alguien la canta en treinta años.
El viento se detiene. La nieve se derrite en
gotas doradas. Las flores brotan por todas
partes. Los niños que murieron en la nieve se
levantan, sin heridas, con flores en las manos.
María cae. Sin voz. Sin memoria. Sin nombre.
Solo con una flor de azafrán en el pecho.
El pueblo vive. El régimen no puede detener lo
que ya se ha cantado. Nadie recuerda quién lo
hizo. Pero todos recuerdan el invierno que se
fue. Y la canción que no se olvidó.
La magia no se extinguió. Se escondió en la
garganta de quien la guardó.


