Madrid no tiene luz desde 1932. El último
transformador explotó durante una tormenta, y
desde entonces el país entero ha vivido bajo la
regla del intercambio físico: cada persona, por
viva o muerta, puede convertirse en objeto de
valor. El cuerpo humano ya no pertenece al
individuo; pertenece al que lo paga.
Los caminos se han vuelto cenagales de huesos y
botas viejas. Las ciudades no son pobladas: son
mercados. En el centro de esta nueva geografía,
un edificio de cemento con ventanas cegadas
alberga el último mercado negro. Allí, los
cuerpos se exhiben sin rostro, desnudos salvo
por un número tatuado en el brazo. No hay
derecho a negarse. La ley es simple: si no
tienes trabajo útil, eres producto.
Ella, doña Elena, nació en 1915. Hija de un
maestro de escuela ejecutado por «desviación
ideológica», creció en el subsuelo de la capital,
alimentándose de raíces y noticias robadas. A
los dieciocho años, fue declarada no productiva.
Sin empleo, sin familia, sin registro. Su cuerpo,
por tanto, entró en el circuito.
El primer año, pasó como herramienta en una
fábrica de tejidos. El segundo, como carne para
experimentos médicos. Al tercer invierno, la
dejaron morir en una celda vacía. Pero no murió.
Al tocar el suelo, algo brotó del suelo: una
corriente fría, negra, que le llenó las venas.
La magia oscura no era ritual. Era sangre. Era
memoria. Era respuesta.
Desde entonces, sus ojos no reflejan luz. Sus
huellas desaparecen al pisar tierra mojada. Y
cuando llora, el aire se congela.
En diciembre de 1939, el mercado celebra la
subasta anual. Un nuevo tipo de artículo aparece:
personas con habilidades inusuales. Ella, con su
capacidad de absorber el dolor ajeno, es
catalogada como "Víctima Resiliente".
El precio
inicial: dos horas de trabajo forzoso.
La multitud aplaude. Los comerciantes gritan.
Nadie nota que sus nombres están escritos en
papel amarillo.
Al día siguiente, la subasta termina. Elena no
ha sido comprada.
Pero el mercado ha cambiado.
Las luces de emergencia —que antes funcionaban
solo para el control de acceso— ahora se
encienden sin energía. Las paredes se cubren de
manchas que parecen letras. Y el número 1767,
que marcaba a Elena, ya no está.
Cuando el primer guardia intenta tocarla, su
mano se quema hasta el hueso.
La magia no se compra. Se hereda.
Y en Madrid, por primera vez desde el colapso,
alguien se niega a ser vendido.


