La Ciudad de los Espejos se hundió bajo el polvo
en 1937. No por bombas, sino por el silencio.
Tras el colapso del sistema eléctrico, las
ciudades se apagaron como faroles sin aceite. La
luz ya no llegaba al suelo. El nuevo orden nació
de la oscuridad: cada manzana tenía su propio
código de sangre, su ley escrita en cicatrices.
Quien no sangraba por el lugar, no era dueño de
él.
El noble arruinado caminaba con el nombre
escrito en el cuello, pero sin apellido. Su
título había sido quemado en las calles de
Madrid cuando los juzgados del Amanecer se
hicieron carne. Ahora vivía entre los huesos de
los teatros, comiendo raíces de antiguas plantas
de terraza y durmiendo sobre cadáveres bien
dispuestos. La pasión era un lujo prohibido.
Tenerla era morir antes de tiempo.
Entonces, el cuerpo le dijo que estaba esperando.
Un niño. En medio del frío, en la casa de un
antiguo coleccionista de música, con un estómago
que no reconocía el vacío. No era posible. Nadie
concebía nada más allá de la peste. Pero el
vientre crecía. Y con él, el temor.
Fue entonces cuando encontró el archivo: tres
meses de grabaciones sonoras en un disco de
vinilo cubierto de óxido. Una voz femenina
cantaba una canción de antes del fin. No era una
melodía cualquiera. Era la misma que había oído
en la infancia, en la villa de Sanlúcar, durante
la última fiesta de verano. La canción que había
sido prohibida en 1936. La que el padre había
quemado en la chimenea.
El bebé no era suyo. Lo era del sistema. Del
código que decía que solo quien llevaba la
sangre de los primeros sacerdotes podía mantener
vivo el fuego bajo tierra. Los niños nacidos en
la penumbra eran señal de que el ciclo seguía. Y
si el niño no nacía con sangre roja, el fuego se
extinguía para siempre.
En la cuarta noche de tormenta, el joven noble
entró en la cámara subterránea de los últimos
faroles. Rompió el cristal que sellaba la urna
de piedra. Sacó el cuerpo de una mujer que nunca
había existido. Y la dejó caer en el pozo.
Al amanecer, una llama pequeña, azul y frágil,
se encendió bajo el suelo. No fue vista por
nadie. Pero el aire cambió. El polvo dejó de
moverse. Alguien, en una calle distante, empezó
a tocar un acorde de guitarra. No era música.
Era un llamado.
El niño nació con los ojos abiertos. No lloró.
Miró hacia el techo. Y en ese instante, el mundo
volvió a girar.


