La ciudad de Toledo no existe más. Solo quedan

ruinas cubiertas por una niebla permanente, y el

aire huele a óxido y ceniza calcinada. Las

calles, antes llenas de ruido, ahora susurran

con ecos de voces que nunca se pronunciaron. El

tiempo no avanza: se repite. Cada mañana, el sol

sale igual que el día anterior, pero el cielo

tiene tonos de sangre coagulada.

Los supervivientes caminan en círculos sin

memoria. Algunos llevan relojes rotos colgados

del cuello, otros escriben frases en las paredes

para probar si alguien las leerá mañana. Un niño

de siete años recuerda el nombre de su madre

desde hace treinta días. No sabe cuándo empezó.

El alquimista errante entra en la biblioteca

subterránea bajo el convento de San Juan de los

Reyes. Sus manos, cubiertas de llagas de hierro

fundido, tocan el libro de cristal que solo se

abre cuando el tiempo se detiene. La ley está

escrita en letras que desaparecen tras leídas:

Quien altere el curso de los días será olvidado

por todos, incluso por sí mismo.

Él no lo ignora. Viene de un pasado que no

quiere recordar. Sabía que su mentor murió en

1936. Pero al abrir el libro, ve la firma de su

mano en un documento fechado en 1942. Y entonces

entiende: el tiempo no se ha detenido. Se ha

fracturado.

A través de un túnel de espejos rotos, viaja a

1937. La guerra aún no ha estallado. Ve a su

joven yo, sentado en un café de Madrid,

escribiendo un diario sobre una máquina que

puede devolver el pasado. Lo mira con ojos de

terror. No es él quien debe cambiar el futuro.

Es el futuro quien ya lo cambió.

Regresa. El libro se cierra solo. Su nombre ya

no aparece en ningún registro. Ni en el mapa, ni

en el listado de supervivientes. Ni en la

memoria de quienes lo conocieron.

Pero el alquimista sigue vivo. Camina. No dice

nada. Solo deja huellas de metal fundido en el

suelo.

Y cada noche, cuando la niebla baja, la gente

empieza a verle. Una figura con ojos de fuego. Y

todos, sin saber por qué, bajan la cabeza.

Honor perdido. No por traición. Por saber

demasiado.