La ciudad de Lleida no existe más. Solo el pozo

central, rodeado de esqueletos entrelazados por

raíces de ciprés, y el aire que huele a yeso

quemado. El año no cuenta. Las estaciones se han

detenido en el otoño de 1936. Los supervivientes

caminan sin sombra, porque la luz no proyecta.

Hombres van desnudos por las calles, con

cicatrices que sangran cuando tocan metal. No

hablan. Sus cuerpos responden al contacto como

si fueran recuerdos vivos. Cada uno lleva un

peso: una bolsa de huesos secos, una daga de

cristal, un retrato arrugado de alguien que ya

no está.

El sanador atormentado llega al amanecer sin sol.

Su piel reacciona al aire: cada respiro le quema

los pulmones, pero sus manos curan. No con

palabras, sino con tacto. Pone las palmas sobre

las heridas y los cuerpos se retuercen como si

fueran de barro. La sangre fluye hacia él, y no

se detiene.

Una mujer con el rostro cubierto de marcas de

llamas lo mira desde una ventana. Le entrega un

fragmento de cerámica con una cruz incrustada.

En el reverso, una inscripción: “No te bajes el

manto”.

El sanador entra en el pozo. Las paredes son de

hueso humano. El agua no refleja. Bajo la

superficie, ve un niño sentado, agachado, con el

mismo rostro que el suyo. No dice nada. Solo lo

mira.

Cuando toca el agua, siente el latido de

trescientos corazones. El pozo no es una tumba.

Es un corazón paralizado. Y él no es un sanador.

Es un descendiente de quienes lo sellaron. Su

sangre no cura. Lo alimenta.

El sistema de supervivencia del mundo

postapocalíptico no depende de comida ni agua.

Depende de la sangre de los curadores. Si no hay

sangre, el pozo se cierra. Si hay demasiada, el

mundo vuelve a respirar — y entonces los muertos

regresan.

Él niega que sea hijo del último cura. Pero al

tocar el cráneo del niño bajo el agua, siente el

eco de una promesa: “Cuida el fuego hasta que

vuelva el verano”.

Sale del pozo. Tiene la cara blanca como yeso.

Las venas le brillan bajo la piel. Los hombres

se arrodillan. El pozo empieza a temblar.

Y por primera vez en años, el viento mueve el

polvo.

El mundo no ha muerto. Ha estado esperando.