La lluvia no cae desde 1936. En el sur, el cielo
está vacío. Las casas de adobe se agrietan como
piel seca, y donde antes había campos de trigo
ahora hay ceniza que canta al viento. El sistema
de riego ya no funciona; el agua no fluye, solo
se recuerda.
Los hombres van a pie, sin mapa, sin nombre. Se
les llama Hombres — no por identidad, sino por
ausencia de otro título. Cada noche, la niebla
arrastra ecos de voces que no existen. Nadie
sabe cuánto tiempo lleva así. Los días son
ciclos, no líneas.
El niño, sin apellido, vive entre los muros
derruidos de una ciudad abandonada cerca de
Badajoz. No ha visto a nadie mayor de treinta
años. No conoce la guerra, pero sí sus secuelas:
los carteles rotos con frases de periódicos del
34, el silencio de los tranvías, el olor a humo
de leña en invierno que nunca termina.
Una mañana, el chico encuentra un cráneo
envuelto en una tela de lana roja. Debajo, un
diario. Lo abre. La letra es inconfundible: la
de su amigo, desaparecido hace dos semanas. No
fue asesinado. Fue borrado.
El diario dice: “Hoy me he despertado en la
plaza de 1932. El aire huele a aceite de motor y
a flores de azahar. Mi padre aún está vivo. Pero
no puedo volver.”
Al anochecer, el niño camina hacia el centro de
la ciudad. Las farolas no encienden. El tiempo
no avanza. Al cruzar la fuente del Parque de la
Independencia, siente que algo cambia. Su sombra
no lo sigue.
Cuando mira atrás, no hay nadie. Solo el eco de
pasos que no fueron los suyos.
En la plaza, el reloj de piedra marca las 11:47.
Un minuto antes de que todo se detenga.
No hay más.
El niño no grita. No corre. Se queda de pie.
Y entonces, el cielo se rompe. No con truenos.
Con recuerdos.
De pronto, todos los Hombres están allí: niños,
ancianos, mujeres con mantillas, soldados sin
uniforme. Todos miran al mismo lugar. Al mismo
momento.
El niño levanta la vista.
La lluvia comienza.
Pero no cae sobre él.
Cae sobre el pasado.
Y él no puede moverse.
Solo escucha.


