Madrid no respira desde 1926. La Guerra del
Silencio —una ley mágica impuesta tras el
colapso del Imperio— convierte cada exhalación
en un acto de memoria colectiva: si alguien dice
algo que no fue dicho antes, el viento lo borra
del mundo. Las calles solo hablan en eco, y los
nombres propios son peligrosos.
Ella, María, fue elegida para ser la Voz del
Recuerdo: la única que puede pronunciar palabras
antiguas sin que el viento las devore. Pero su
voz está atada a un pacto: nunca podrá decir el
nombre de él.
Él, un hombre sin rostro ni historia, ha sido
recluido como Guardaespaldas silencioso desde el
año de la caída del Rey. Su cuerpo no siente
dolor, pero lleva un reloj de arena bajo la piel:
cada hora que pasa sin que ella diga su nombre,
el tiempo se acelera en su interior. Si ella lo
llama, el mecanismo se rompe y todo el edificio
de recuerdos se derrumba.
En 1937, cuando el frente llega al centro de la
ciudad, el sistema empieza a fallar. Los árboles
lloran lágrimas negras, y los niños nacen con
nombres que no existen. El aire ya no discrimina:
grita todo. Y en medio de la tormenta, María
escucha su propio nombre en el viento.
No puede evitarlo. Lo dice. No por amor, sino
por miedo.
El reloj explota. El tiempo retrocede tres días.
Todo lo que sucedió entre 1934 y 1937 desaparece.
Nadie recuerda la dictadura, el levantamiento,
el odio. Solo quedan dos personas: una mujer que
no sabe por qué tiene el corazón vacío, y un
hombre que no sabe por qué la protege.
Pero el viento sigue murmurando. Y esta vez,
susurra: te esperé.
La ciudad respira de nuevo. Pero nadie sabe por
qué.


