Madrid 1932: el aire hirvió con el fuego de
julio. El último tren a Córdoba se detuvo sin
aviso. Las calles ya no tenían nombre; solo
mapas de humo. La red eléctrica se rompió tres
años antes, y desde entonces las casas vivían al
ritmo del sol —nada más—, los balcones
convertidos en huertos, las azoteas en cárceles
de agua recolectada. En esta nueva geografía,
las mujeres decidieron que el conocimiento era
sangre: eran ellas quienes leían los archivos,
traducían los manuscritos antiguos,
interpretaban los restos de lenguajes muertos.
Se llamaron Las Entregadas, no por sumisión,
sino por haber recibido el mandato de mantener
viva la memoria.
La primera vez que la llamaron “profeta”,
Catalina estaba tiritando bajo un toldo de
plástico amarillo. No había hablado en cinco
días. Pero cuando la gente empezó a desfilar con
niños enfermos, con bolsas de hierbas secas, con
cartas sin firma, ella pronunció una frase: “No
hay agua en el subsuelo. Hay cadáveres.” Y nadie
lo dudó. A partir de ese momento, los cuerpos
comenzaron a acercarse. No como peticiones, sino
como ofrendas.
El testamento llegó en una caja de madera negra,
firmado con una letra que nunca existió. Fue
entregado por un hombre sin rostro, vestido de
uniforme civil, con el pecho cubierto de
símbolos de la Iglesia rural. Decía que el poder
de las mujeres no era herencia, sino usurpación.
Que el conocimiento era de todos, pero que el
derecho a hablar —a escribir, a juzgar—
pertenecía al pueblo. Lo que más dolía: decía
que Catalina no era profeta. Era una impostora.
Que sus visiones venían de un libro robado de la
Biblioteca Nacional, y que el testamento real —
el verdadero— había sido quemado en 1928 por
orden del general Millán Astray.
Las mujeres no lo creyeron. El hecho de que el
documento estuviera envenenado por el olor a
carbón quemado no importó. Al contrario: lo
tomaron como prueba. “Si es falso, entonces lo
que dice debe ser verdad”, dijo una joven de
Zaragoza, quien ya había escrito siete cartas
para no volver a casa.
Entonces, en noviembre, el sistema de filtrado
del agua de la plaza de la Cebada falló.
Trescientos cuerpos se encontraron en las
cloacas. El primer mensaje que salió del sistema
de radio no fue de advertencia, sino de
agradecimiento: “Gracias, Catalina. Por el aviso.
” El mensaje había sido emitido por una emisora
que nadie sabía que funcionaba.
Ella lo supo en ese instante. El testamento no
era falso. Era cierto. Y ella lo había dicho.
A la mañana siguiente, las mujeres se
congregaron en la plaza. No hubo gritos. No hubo
discursos. Sólo se pusieron a trabajar.
Limpiaron el agua. Reinstalaron los filtros.
Escribieron nuevos códigos. Y dejaron el
testamento sobre la piedra central, junto con
una flor de jacinto, blanco como nieve.
El mundo seguía siendo hostil. El sol aún ardía.
Pero por primera vez en seis años, alguien miró
al cielo y no esperó que cayera fuego.


