La ciudad de Bilbao se derrumba bajo el peso de

las torres de hormigón sin energía. No hay luz,

ni tráfico, ni voces de radio. Solo el silencio

del año 1939, pero distorsionado: el aire vibra

con ecos de sirenas que nunca sonaron. El

sistema de riego ha fallado. Las calles están

cubiertas de polvo negro y huesos de perros. La

gente ya no nombra los días.

Las mujeres comienzan a recordar cosas que nunca

vivieron. Una joven de 17 años ve en sueños a su

madre ardiendo en una casa de La Coruña, aunque

nunca estuvo allí. Otra, en Zaragoza, siente el

olor a tinta de periódicos que se quemaban en

1936. Y todas, al tocar el metal de un antiguo

reloj de pared, gritan el nombre de alguien

muerto desde hace cuarenta años.

Un hombre de rostro sin edad aparece en la

fábrica abandonada de Euskadi. Lleva una

chaqueta de paño gris, pantalones negros con

marcas de sangre seca. No habla. Solo señala con

un dedo hacia el túnel subterráneo del

ferrocarril, donde antes pasaba el tren que

llevaba a Madrid. Allí, entre vagones oxidados,

hay una puerta de acero marcada con el símbolo

de un ojo cerrado.

Cada mujer que entra por esa puerta despierta un

fragmento de memoria colectiva: el grito de una

huelga, el sonido de un fusil, el canto de una

canción olvidada. Pero el viaje temporal no es

libre. Cada regreso deja una huella física: una

cicatriz que no cura, un ojo que se vuelve

blanco, una lengua que pierde el habla. La regla

no está escrita. Se descubre cuando una mujer

vuelve con los dedos convertidos en hueso.

El mentor misterioso abre un mapa en el suelo,

dibujado con tiza de carbón. Marca puntos: 1923,

1934, 1938. Todos coinciden con momentos de

crisis política. No es un mapa de lugares. Es un

mapa de decisiones. La ambición desmedida no es

querer cambiar el pasado. Es creer que se puede

elegir cuándo morirá alguien.

Una joven de Barcelona se adentra en el túnel

con la intención de salvar a su hermano,

ejecutado en 1939. Al regresar, lo encuentra

sentado en el suelo, vestido con uniforme de

miliciano, mirando al vacío. Ella le pregunta si

está bien. Él responde: “No. Estoy más vivo que

antes”. Su voz es la de ella. Su cara, la de un

niño que nunca existió.

El tren no llega. El último viaje fue el de las

mujeres. El mentor se quita la chaqueta. Debajo,

el cuerpo está hecho de cables y relés. Sus ojos

brillan como lámparas de gas. La última imagen

que queda es la de la puerta cerrándose sola,

con el símbolo del ojo aún intacto.

En la superficie, nadie recuerda el túnel. Nadie

recuerda a las mujeres. Pero en cada casa, en

cada cocina, en cada noche, una voz susurra un

nombre. Y el silencio, por primera vez en

treinta años, tiene eco.