La ciudad de Llano Seco no existe más. Solo
quedan los cimientos, agrietados por el sol y
cubiertos de polvo salino. El agua no fluye
desde 1936. No hay ríos, no hay lluvias. Solo
pozos profundos, heridos, que resuenan con ecos
antiguos.
Desde entonces, las mujeres han sido custodias
del Agua Sin Nombre. Su sangre, según el decreto
de la última comisión civil, no puede tocar el
agua sin primera purificación lunar. Quemar una
vela en la boca del pozo cada noche —no por fe,
sino por ley— es lo único que evita que el
subsuelo se abra.
El Mercenario Leal llegó con el convoy de 1938.
No recordaba su nombre. Solo sabía que había
jurado proteger el ritual de la Madre Sombra:
tres velas, tres días sin hablar, tres manos
sobre el pozo antes del amanecer. Lo hizo once
veces. Nunca preguntó por qué.
Pero en el año treinta y nueve, cuando el tercer
pozo empezó a escupir piedras negras con forma
de letras, el pacto se rompió. Las mujeres no
pudieron encender la tercera vela. Sus dedos se
congelaron al tocar el borde. No fue frío. Fue
memoria.
El Mercenario Leal entró en el pozo. Bajó solo,
con una linterna hecha de vidrio de botella y
cable de telégrafo. En lo profundo, halló un
túnel lleno de huesos cruzados. Y en el centro,
una estatua de mujer sin rostro, sentada sobre
un trono de ladrillo quemado. Al pie, una
inscripción en lengua olvidada: “A quien no
tiene nombre, no le pertenece el agua.”
Las reglas no decían nada sobre esta estatua.
Pero el ritual prohibido —el que nadie menciona—
era este: dejar que el pozo se vacíe por
completo, una vez cada generación. Que la tierra
se reseque. Que el agua se marche. Porque si el
agua permanece, el pozo nunca deja de hablar.
El Mercenario Leal no encendió la vela. Rompió
el candil contra el suelo. Y gritó.
No hubo eco. Solo el crujido de la tierra.
Al día siguiente, el primer pozo se cerró por sí
solo. El agua volvió. No como lluvia, ni
corriente. Como susurro. Como voz.
Las mujeres dejaron de lavarse las manos. Dejan
de contar los días. Algunas ya no hablan. Pero
todas miran hacia el sur, donde el pozo sigue
sin fondo.
Y el Mercenario Leal no está. Solo una capa de
cuero colgada del techo del antiguo aljibe, con
un cuchillo clavado en el centro, y una nota
escrita en tinta de carbón: “Ya no soy el
guardián. Soy el recuerdo.”
El mundo cambió. No por guerra. Por silencio.


