En un pueblecito de Galicia, el tren de la

Transición llega cada noche a las tres menos

cuarto, sin anuncio, sin parada oficial. Solo

los ancianos lo ven, y solo ellos saben que sus

familias han sido elegidas durante generaciones

para entregar a una hija al silencio del andén.

La niña de quince años, con ojos grandes como

charcos de lluvia y dedos que dibujan mapas en

el aire, ya ha sido prometida por decreto

familiar. Su padre le entrega una cinta de seda

negra y un collar de nácar, signo de que el

pacto está sellado. No hay derecho a decir no.

Esa misma noche, mientras todos duermen, ella

escucha música antigua en el rincón del

dormitorio: una canción de radio que nunca fue

emitida, grabada en un disco de vinilo que no

existe. La melodía trae recuerdos de una vida

anterior, de un niño que murió en la Guerra

Civil y cuyo nombre no puede pronunciar.

Al día siguiente, la ciudad se vuelve más densa.

Las sombras se mueven sin luz. El agua de los

pozos cambia de sabor, agria como sangre vieja.

Un policía local desaparece, dejando solo una

bota de goma en el umbral de su casa.

La joven comienza a soñar con una iglesia en

ruinas, donde las puertas están cerradas desde

antes de que existiera el franquismo. En los

sueños, alguien la llama por el nombre que nadie

sabe que tiene. Y cuando intenta responder, el

eco responde en su propia voz, pero con un tono

más grave, más viejo.

El tercer día, la comisión de matrimoniales

llega en un coche azul marino con ventanas

tintadas. La traen al ayuntamiento, donde un

hombre de traje gris le coloca una corona de

flores secas. Ella no grita. Solo mira fijamente

al techo, donde una gota de agua cae desde hace

setenta años, sin tocar el suelo.

A medianoche, la plaza se llena de figuras

encapuchadas que caminan sin pie. El reloj de

torre marca las doce, pero el sol empieza a

salir. La gente se detiene, como si el tiempo se

hubiera roto.

Entonces, la joven se acerca al altar vacío y

toca el pilar de piedra. No hay ruido. Solo una

grieta que se abre lentamente, revelando un

pasillo bajo tierra. Desde allí, emerge una voz

que no es humana, que dice su nombre —y luego

añade algo que nadie ha dicho jamás: “Ya estás

aquí.”

La grieta se cierra. El tren regresa. Pero esta

vez, el conductor no baja.

Y la joven, con el collar aún al cuello, no sube.

Se queda en el andén, mirando hacia el horizonte,

donde el mundo nuevo comienza a formarse sin

ella.