1973. El tren de las ocho de la tarde no llega a
tiempo. La vía está bloqueada por manifestantes
del sindicato de ferroviarios, pero el tren
sigue avanzando sin pasajeros, como si hubiera
sido programado para vacío. Un hombre con traje
de lana gris se baja en una estación intermedia,
su nombre ya no figura en ninguna lista.
En el andén, una maleta de cuero negro está
apoyada contra el poste. Dentro: un paquete
envuelto en papel de periódico ABC, dos
fotografías en blanco y negro —una pareja joven
en una plaza de Alcalá, otra de un niño con una
bicicleta roja—, y una carta sellada con el
sello de la Casa de la Cultura de Vitoria.
El hombre no abre la carta. La guarda bajo la
chaqueta. A tres kilómetros de allí, una niña de
doce años espera sentada en el umbral de una
casa de adobe. Su madre ha desaparecido desde
hace tres días. La policía dice que se fue
voluntariamente. La niña sabe que no es verdad.
La maleta fue robada de una oficina de correos
en Bilbao el día antes de que el gobierno
suspendiera el servicio postal en zonas rurales.
No había registro de entrega. No había firma. El
sistema falló. El tren, sin embargo, siguió
funcionando.
A las 23:47, el hombre entra en el sótano de un
cine abandonado en Argüelles. Enciende una
lámpara de petróleo. Saca la carta. La lee. No
contiene palabras. Solo un dibujo: un mapa con
cinco puntos marcados en tinta azul, uno de
ellos sobre una fábrica de cerámica en Toledo.
Las reglas son simples: nadie debe saber que el
tren existió. Nadie debe preguntar por el
paradero de los viajeros. Y si alguien lo hace,
desaparece.
El hombre camina hasta el punto más cercano del
mapa. Llega al almacén de la fábrica a las
cuatro de la mañana. No hay luces. No hay
guardias. Solo el olor a yeso húmedo y el eco de
un silbido lejano.
Abre una puerta falsa tras un montón de cajas.
Encuentra un archivo de cartas escritas por
mujeres que nunca fueron entregadas. Todas
llevan fechas de 1965. Todas firmadas con
iniciales: M.A.
Entre ellas, una nueva. Fecha: 1973. Contenido:
"No me llames. Si lo haces, te matarán".
El hombre la arroja al fuego. No la guarda. No
la copia. No la comparte.
A las seis, el tren vuelve a circular. Ya no
tiene destino. Ya no tiene nombre. Pero el
conductor lo sabe. Lo reconoce.
La niña en el umbral ve el reflejo de un vagón
oscuro cruzando el campo. No parpadea. No grita.
Se levanta y toma el camino hacia Toledo.
El sol sale. El mundo cambia.
Y nadie recuerda que alguna vez hubo un tren que
iba a ninguna parte.


