Madrid, 1974. El tren de las siete no llega
nunca. Las líneas ferroviarias se han
reconfigurado: ahora los horarios son públicos,
pero solo para quienes aceptan el nuevo sistema
de registro obligatorio. Quien no lleva el
carnet de identidad electrónica no puede subir
ni siquiera al andén.
Elena, agente encubierta de la Dirección General
de Seguridad, está embarazada. El embarazo fue
consecuencia de una cita clandestina con un
funcionario del Ministerio de Obras Públicas —un
hombre cuyo nombre no aparece en ningún archivo
oficial. Su cuerpo empieza a mostrar signos de
gestación en octubre, cuando el sistema de
control social se refuerza tras la muerte del
general Franco.
La ley secreta del año 73 exige que toda mujer
embarazada en territorio nacional sea registrada
como "potencialmente peligrosa" si no tiene
paternidad legalizada. La documentación debe
presentarse en menos de tres días. Elena no
puede acercarse a ningún registro: su identidad
falsificada fue diseñada para desaparecer.
En diciembre, mientras camina entre el humo de
la calle Alcalá, escucha el sonido de un tren
que jamás ha existido: un ruido metálico, largo,
como si el tiempo hubiera retrocedido. Lo mismo
ocurre dos noches seguidas. Al tercer día, su
hijo nace en una clínica sin certificado de
nacimiento. El parto es silencioso. No hay
documentos. No hay testigos.
La noche siguiente, el tren vuelve. Esta vez,
llega a la estación de Atocha. Los pasajeros
bajan. Todos tienen la misma edad: treinta años.
Nadie recuerda cómo llegaron. Nadie sabe cuándo
salieron. Pero todos saben que algo cambió.
Elena entra en la estación. Saca el carné de
identidad falsa. Se detiene frente al mostrador.
Un empleado le dice: “No necesita registro esta
noche. Usted ya está aquí.”
La puerta del vagón se abre. Dentro, un bebé
llora. Es su hija. Tiene el rostro del hombre
del Ministerio. Tiene el nombre que nunca dijo.
El sistema falla. El mundo no puede seguir igual.
Y ella, por primera vez, camina sin temer ser
vista.


